La parte menos visible de vivir en camper
Cuando imaginábamos cómo sería vivir en camper, pensábamos en despertarnos cada pocos días en un lugar diferente, conocer pueblos, descubrir playas, recorrer carreteras que nunca habíamos pisado y aprovechar esa libertad que tanto habíamos buscado. Lo que seguramente no imaginábamos tanto era que también habría días en los que acabaríamos dentro de la camper viendo vídeos de YouTube sin demasiadas ganas de hacer absolutamente nada.
Y no hablamos de un día aislado cada seis meses. Los días aburridos existen cuando vives viajando y aparecen con bastante más frecuencia de la que nos habría gustado reconocer al principio. A veces porque llueve, otras porque llevas demasiadas horas trabajando, porque algo en la camper vuelve a dar problemas, porque estás desmotivado o porque simplemente ese día no encuentras ningún aliciente para hacer nada especial.
Desde fuera resulta muy fácil imaginar la vida en camper como una sucesión constante de experiencias. Si estás delante del mar, disfrutas del mar. Si llegas a una ciudad nueva, sales a conocerla. Si atraviesas Portugal, Francia o cualquier otro país, parece lógico pensar que cada jornada estará llena de cosas que contar. Cuando llevas meses viviendo así descubres que la realidad no funciona exactamente de esa manera.
Al final, una cosa es irte de viaje unos días y otra muy distinta hacer de la camper tu casa durante meses.
Vivir en camper no es estar de vacaciones
Durante los primeros meses todavía conservábamos bastante esa sensación de estar haciendo un gran viaje. Llegabas a un lugar nuevo y querías verlo, caminarlo, fotografiarlo, descubrir qué había alrededor y aprovechar que probablemente al cabo de unos días volverías a ponerte en marcha.
Sin embargo, después de aproximadamente un año empezamos a notar algo que al principio no habíamos previsto: la obligación de tener que estar haciendo algo simplemente porque estábamos en un lugar determinado empezaba a agobiarnos.
Cuando tienes una semana de vacaciones es completamente normal intentar aprovecharla. Sabes que unos días después vuelves a casa y que posiblemente tardes mucho tiempo en regresar a ese destino, así que quieres conocer todo lo posible mientras estás allí. Pero vivir viajando durante meses es otra historia.
No hay una semana concreta que tengas que exprimir antes de regresar a tu rutina porque esa ruta ya se ha convertido en tu rutina. Hoy puedes despertarte delante de una playa de Portugal, unos días después estar en otro punto del país y más adelante cruzar una frontera para continuar viajando.

Vivir en camper también significa trabajar desde la camper
Nosotros no solamente viajábamos. También trabajábamos durante la ruta. Había artículos que escribir, vídeos que preparar, contenido que editar, proyectos que organizar y un montón de ideas a las que continuamente intentábamos dar forma. Mientras una persona que está de vacaciones termina una visita y vuelve al alojamiento, nosotros muchas veces volvíamos a la camper y todavía quedaban varias horas de trabajo por delante. Eso cambia bastante la manera en la que vives un destino.
Hay días en los que has estado trabajando durante horas y, cuando terminas, ya no te apetece coger la cámara, buscar qué visitar o conducir veinte kilómetros para conocer otro sitio. Lo único que quieres es sentarte, poner algo en YouTube, ver una película o dejar pasar unas horas sin hacer nada especialmente interesante.
Días que también forman parte de vivir en camper:
Una cosa es imaginar desde casa todo lo que harías durante un viaje y otra bastante distinta es vivir durante meses en una camper mientras trabajas, solucionas problemas y tratas de mantener tus proyectos en marcha. Con el tiempo, esa realidad va ocupando su sitio — y aprendes a asumirla con bastante más normalidad de la que esperabas.
Vivir en camper con quince días de lluvia seguidos
Uno de los ejemplos que mejor recordamos ocurrió en Praia de Vagueira, Portugal. Estábamos en una zona con una playa kilométrica, prácticamente virgen y con unos atardeceres espectaculares. Era uno de esos lugares que, visto en una fotografía, encaja perfectamente con la imagen que mucha gente tiene de viajar en camper.
Solo había un problema: llovía. Y no hablamos de una tarde de lluvia ni de dos días con mal tiempo. Llegamos a acumular cerca de quince días de lluvias fuertes.
Los primeros días todavía intentas hacer vida con cierta normalidad. Esperas a que pare un poco, sales, caminas, aprovechas cualquier momento en el que parece que el tiempo mejora y vuelves a entrar cuando empieza otra vez. Pero llega un punto en el que todo el proceso empieza a cansarte.

Salir significaba mojarte, volver a la camper, cambiarte de ropa, colocar lo mojado donde pudieras y volver a repetir exactamente lo mismo unas horas después. Con Dante, además, quedarse todo el día encerrados nunca ha sido una opción. Sus paseos son obligatorios y salíamos con él un mínimo de cinco veces al día, estuviera cayendo lo que estuviera cayendo fuera.
Esa es precisamente una de esas contradicciones que no suelen verse cuando se habla de vivir en camper. Puedes estar aparcado en un sitio increíble y, aun así, pasar gran parte del día deseando simplemente que deje de llover.
Tantos días seguidos con poco sol también empezaban a afectar a las baterías de la camper, así que teníamos que controlar bastante más el consumo eléctrico. Cuando dependes de tu propia instalación para trabajar, cargar los equipos, mantener la nevera funcionando y cubrir el resto de necesidades diarias, varios días consecutivos con una producción solar muy baja hacen que empieces a mirar cada consumo de otra manera.
Así que allí estábamos: frente a una playa preciosa de Portugal, viendo llover durante días, entrando y saliendo mojados de la camper y vigilando las baterías mientras esperábamos que apareciera algo de sol. Desde fuera el lugar seguía siendo espectacular. Nosotros, algunos días, simplemente estábamos aburridos.
Vivir en camper y convertirlo todo en contenido
A medida que nuestros proyectos fueron ocupando más espacio, viajar empezó a mezclarse cada vez más con trabajar. Destino Camper, artículos, vídeos, redes sociales, ideas nuevas… Había muchas cosas que queríamos sacar adelante y, al mismo tiempo, seguíamos moviéndonos de un lugar a otro.
El problema no era trabajar desde la camper — de hecho, poder hacerlo era precisamente una de las cosas que buscábamos. Lo complicado era separar el viaje del trabajo cuando buena parte de ese trabajo nacía de lo que estábamos viviendo.
Llegar a un sitio nuevo ya no significaba únicamente conocerlo. Muchas veces aparecía enseguida otra pregunta: ¿podemos sacar algo de aquí? Una localización podía convertirse en un vídeo, una experiencia en un artículo y cualquier problema o descubrimiento en una posible publicación. No lo hacíamos porque alguien nos obligara, sino porque estábamos intentando construir proyectos que algún día nos permitieran vivir de ellos.
Pero esa búsqueda constante termina ocupando mucho espacio mental. Incluso cuando no estabas delante del ordenador, seguías pensando en qué podías hacer después, qué idea tenía sentido o cómo conseguir que todo aquello creciera. Ahí fue cuando entendimos que trabajar mientras viajas no siempre significa tener un portátil abierto delante del mar. A veces significa no terminar de desconectar porque tu trabajo y tu vida están ocurriendo exactamente en el mismo sitio.
Crear contenido como una IA desbocada
Hubo épocas en las que sentíamos que teníamos que producir sin parar. Terminar un artículo y pensar en el siguiente, preparar un vídeo mientras ya estabas buscando otra idea y darle vueltas a cualquier cosa que pudiera convertirse en contenido. Nos sentíamos un poco como una IA desbocada, intentando sacar algo de todo.
Y eso desgasta, sobre todo cuando detrás no hay una máquina, sino dos personas tratando de encontrar la forma de hacer sostenibles sus proyectos mientras siguen con su día a día.
También explica algo que nos pasaba con bastante frecuencia: cuando queríamos desconectar viendo YouTube, buscábamos prácticamente cualquier cosa menos vanlife. Después de pasar tantas horas pensando en contenido relacionado con la vida en camper, lo último que nos apetecía era acabar el día viendo cómo otra persona organizaba su furgoneta, enseñaba una ruta o hablaba de lo maravilloso que era despertarse frente al mar.
Necesitábamos salir mentalmente de ese mundo durante un rato, aunque físicamente siguiéramos dentro de la camper.
Lo que nadie te dice sobre crear contenido viviendo en camper:

Los problemas de camperización también cambiaron nuestra forma de vivir en camper
La otra parte importante no tenía que ver con el contenido ni con las redes. Tenía que ver con la propia camper.
Los problemas continuos de la camperización fueron desgastando poco a poco la ilusión con la que habíamos empezado. No era una avería puntual que solucionabas y olvidabas. Era la sensación de que, cada cierto tiempo, aparecía algo nuevo que volvía a colocarnos delante del mismo pensamiento: otra vez.
La camper era nuestra casa, nuestro medio de transporte y nuestro lugar de trabajo. Por eso, cuando algo fallaba, no podíamos simplemente cerrar la puerta y alejarnos del problema unas horas. Seguía ahí al levantarnos, al cocinar, al trabajar y al acostarnos. Podíamos cambiar de playa, de pueblo o de país, pero los problemas de la camperización viajaban con nosotros.
Al principio afrontas un problema pensando en cómo arreglarlo. Cuando se acumulan demasiados, la reacción cambia. Ya no piensas únicamente en la solución, sino en cuánto durará hasta que aparezca el siguiente.
Ese desgaste fue quitándonos ganas en determinados momentos. No significaba que quisiéramos dejar de vivir viajando — significaba que estábamos cansados de una parte muy concreta del proyecto que se había convertido en una preocupación demasiado habitual.
Hubo jornadas en las que no teníamos ganas de seguir peleándonos con nada. Hacíamos lo imprescindible y dejábamos el resto para otro momento. Después de acumular trabajo, dudas sobre los proyectos y problemas con la camperización, a veces simplemente no nos quedaba energía para seguir dándole vueltas. Ese cansancio también forma parte de nuestra experiencia de vivir en camper.
Mirando atrás: lo que podríamos haber aprovechado más
Con el tiempo es inevitable mirar algunas etapas de la ruta y preguntarnos si las aprovechamos todo lo que podríamos haberlas aprovechado. Hay lugares en los que estuvimos varios días y de los que ahora pensamos que podríamos haber visto más cosas, grabado más contenido o simplemente haber salido un poco más.
En aquel momento, sin embargo, nuestro estado de ánimo era otro y muchas de las preocupaciones que arrastrábamos pesaban bastante más de lo que probablemente éramos conscientes.
Es muy fácil revisar un viaje meses después y hacerlo desde una posición completamente distinta. Ya no estás dentro de la camper con un problema pendiente, pensando en el trabajo, mirando las baterías o dándole vueltas a algo que no está funcionando. Solo ves el lugar en el que estabas y todo lo que había alrededor. Y entonces aparece ese pensamiento: podríamos haber aprovechado aquello muchísimo más.
Pero esa forma de verlo tiene una pequeña trampa: es muy fácil encontrar soluciones cuando ya sabes cómo terminó todo. Mientras lo estás viviendo no siempre tienes la claridad necesaria para pensar «vamos a convertir esta situación en una oportunidad». A veces simplemente estás harto, preocupado o sin ganas de hacer absolutamente nada con lo que está pasando.
La imagen que tenemos después no siempre coincide con cómo lo vivimos
Hay algo curioso cuando recuerdas una etapa larga viajando. Con el paso del tiempo empiezas a quedarte con determinados momentos: una playa increíble, un atardecer, una ruta, una conversación o algún lugar al que volverías mañana mismo. Los días intermedios prácticamente desaparecen.
No recuerdas con la misma claridad aquella tarde en la que pasaste horas mirando vídeos, el martes que trabajaste prácticamente todo el día o esa jornada en la que simplemente estabas de mal humor y no te apetecía hacer nada. Sin embargo, esos días también estuvieron ahí.
Y quizá por eso, cuando se habla de vivir en camper, resulta tan fácil construir una imagen mucho más intensa de lo que realmente es. Seleccionamos los momentos interesantes porque son precisamente los que merece la pena fotografiar, grabar o contar.
Si encuentras una playa espectacular, probablemente haces una foto. Si tienes delante uno de los mejores atardeceres del viaje, también. Pero nadie piensa en sacar la cámara para recordar el día en el que estuvo cinco horas viendo YouTube, comió cualquier cosa y se fue a dormir sin haber hecho nada especialmente destacable.
En las redes ocurre exactamente lo mismo. Ves destinos, rutas, lugares increíbles, amaneceres frente al mar y escenas que resumen la parte más atractiva de viajar en camper. Lo que queda fuera son todas esas horas en las que no ocurre nada que merezca convertirse en una publicación. Y son muchísimas. No porque la experiencia sea peor por ello, sino porque una vida entera no puede estar formada únicamente por momentos que merezcan una fotografía.

Vivir en camper también tiene días completamente normales
Quizá una de las cosas que más cambió después de tantos meses fue precisamente nuestra forma de entender aquella vida.
Al principio todo parecía nuevo. Cada desplazamiento tenía algo especial y cada destino podía convertirse en una pequeña aventura. Con el tiempo empezaron a aparecer también días completamente normales, días malos y otros que simplemente pasaban sin dejar demasiado recuerdo. Eso no hacía que la experiencia dejara de merecer la pena. Simplemente significaba que ya no estábamos haciendo un viaje de dos semanas en el que necesitas volver a casa con la sensación de haber aprovechado cada minuto.
Estábamos viviendo allí.
Y vivir, independientemente de que lo hagas en una casa o sobre cuatro ruedas, incluye días que no tienen absolutamente nada de especial. En Portugal podíamos pasar una tarde viendo una película aunque tuviéramos el Atlántico delante, dejar para otro día un pueblo que estaba a pocos kilómetros o terminar una jornada habiendo hecho bastante menos de lo que habíamos planeado. Y otras veces ni siquiera había una razón concreta — simplemente no estábamos en nuestro mejor momento y dejábamos que el día pasara.
Los días aburridos también forman parte de vivir en camper
Si únicamente contáramos los mejores momentos de nuestra experiencia, estaríamos dejando fuera una parte bastante grande de lo que realmente fue nuestra vida en camper.
Hubo lugares increíbles, experiencias que nunca olvidaremos y días en los que no queríamos que llegara la hora de marcharnos. Pero también hubo lluvia, aburrimiento, frustración, demasiadas horas delante de una pantalla y jornadas en las que lo más interesante que hicimos fue decidir qué ver después en YouTube.
Y no pasa nada por reconocerlo.
No queremos convertir esos días en algo maravilloso ni decir ahora que todos tenían un sentido oculto que descubrimos meses después. Algunos fueron simplemente días aburridos. Formaban parte de aquella vida igual que una puesta de sol frente al mar, una ruta espectacular o despertarnos en un lugar nuevo.
¿A ti también te ha pasado?
¿Has tenido días así viajando en camper o durante una ruta larga? ¿Qué haces cuando no te apetece absolutamente nada — ni salir, ni visitar, ni aprovechar el sitio donde estás?
Cuéntanoslo en los comentarios. Seguro que tu experiencia le viene bien a más gente de la que imaginas.
Preguntas frecuentes sobre vivir en camper
¿Es realista la imagen que se ve en redes sociales sobre vivir en camper?
Parcialmente. Lo que ves en redes es real — esas playas, esos atardeceres y esos lugares existen. Lo que no aparece es todo lo demás: los días de lluvia, las horas trabajando dentro de la camper, las averías, el aburrimiento y las jornadas en las que no ocurre absolutamente nada digno de contar. No es que la gente mienta — es que nadie saca la cámara para fotografiar el día en el que estuvo cinco horas viendo YouTube. Vivir en camper tiene momentos increíbles, pero también tiene días completamente normales.
¿Qué hacer cuando estás aburrido viviendo en camper?
Lo primero es no forzarlo. Si no tienes ganas de hacer nada, obligarte a salir a visitar algo raramente funciona. A veces el mejor plan es no tener ninguno — una película, un libro, descansar o simplemente dejar que el día pase. Con el tiempo aprendes que los días sin nada especial también forman parte de la experiencia y que no todos los días tienen que justificar que estás viajando.
¿Es compatible trabajar en remoto con vivir en camper?
Sí, pero hay que tener claro que cambia bastante la experiencia. Cuando trabajas desde la camper, viajar y trabajar ocurren en el mismo espacio y al mismo tiempo — y eso hace difícil desconectar del todo. Hay días en los que terminas de trabajar y ya no tienes energía para aprovechar el destino. También puede ocurrir que tu trabajo gire alrededor de lo que estás viviendo, lo que hace todavía más complicado separar una cosa de la otra.
¿Cómo afecta la lluvia a la vida en camper?
Mucho más de lo que parece desde fuera. Varios días seguidos con lluvia cambian por completo la dinámica dentro de la camper — la ropa se acumula mojada, el espacio se hace más pequeño, la humedad está presente en todas partes y salir implica un proceso de cambiarte y secarte que después de una semana cansa bastante. Si encima viajas con perro, los paseos son obligatorios pase lo que pase. Y si dependes de placas solares, varios días sin sol también afectan a las baterías y al consumo eléctrico.
¿Se puede vivir en camper sin sentir la presión de aprovechar cada destino?
Con el tiempo sí. Al principio es difícil quitarse de encima esa sensación de que si has llegado hasta un sitio tienes que hacer algo con ese día. Después de meses viajando empiezas a entender que vivir en camper no es un viaje de dos semanas que hay que exprimir — es tu vida, y como tal incluye días en los que no te apetece absolutamente nada. Aceptarlo cambia bastante cómo vives cada jornada.
¿Los problemas mecánicos afectan mucho al día a día en camper?
Sí, y más de lo que se suele contar. Cuando la camper es tu casa, tu transporte y tu lugar de trabajo, cualquier problema no se queda en el taller — se queda contigo. No puedes cerrar la puerta y alejarte de él. Seguirá ahí al levantarte, al cocinar y al acostarte. Cuando los problemas se acumulan, el desgaste emocional es real y puede afectar al estado de ánimo durante días o semanas.
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