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Del call center a la furgoneta: cómo dejamos el trabajo para vivir en furgoneta y empezar a vivir de verdad

por Una vida camper
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🚐 De los auriculares a la carretera: el inicio de Una Vida Camper

No hubo un momento culmen. Hubo sí una serie de acontecimientos y un día en el que, sentados los dos frente a una pantalla, con los auriculares puestos y el ordenador delante, nos miramos y pensamos lo mismo sin decirlo: ¿esto es todo?

No era una mala vida. Teníamos trabajo estable, techo, rutina. Pero había algo que no encajaba. Algo que se sentía demasiado pequeño para todo lo que habíamos vivido antes de llegar ahí. Y sobre todo había una necesidad de movimiento que ninguna rutina podía callar.

Esta es la historia de cómo dos personas que venían de mundos completamente distintos — una radio en Venezuela y una estudiante de audiovisuales en Galicia — acabaron encontrándose en Buenos Aires, aterrizando en un call center en España y decidiendo, un día de diciembre, que ya era suficiente. No es una historia de valentía extraordinaria. Es una historia de dos personas normales que decidieron dejar el trabajo para vivir en furgoneta y dejar de esperar el momento perfecto.

🎙️ Carlos: la radio, Venezuela y la decisión de salir

En 2017, Carlos tenía exactamente la vida que había soñado. Trabajaba en radio en Valencia, Venezuela. No en cualquier puesto — era productor, estaba al otro lado del micrófono, en los espacios que importan, en las zonas VIP de los eventos. Era joven, era visible, hacía lo que le apasionaba. Comunicar siempre ha sido su forma de estar en el mundo.

Pero había una dualidad que se hacía cada vez más difícil de ignorar. En el trabajo, todo iba bien. En casa, el dinero no llegaba. Sus compañeros de radio hablaban de los coches y las casas que se habían comprado con sus primeros sueldos. Carlos no llegaba a fin de mes. No era un problema de talento ni de esfuerzo — era Venezuela, y Venezuela no daba más de sí.

La decisión no fue de un día para otro, pero cuando llegó, fue clara. Si iba a construir algo, no iba a ser ahí. Salió haciendo autostop. Desde Venezuela hasta Argentina, pasando por Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Un viaje duro, largo, de esos que te cambian por dentro de formas que tardas años en entender del todo. Ese viaje da para un libro, y lo tendrá. Pero lo importante es lo que había al final: Buenos Aires.

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🎬 Irene: empresariales, una cámara y los viajes a dedo

A miles de kilómetros, en Galicia, yo seguía un camino que no era el mío. Mis padres tenían una empresa familiar, así que la elección lógica era hacer Comercio. Lógica para todos menos para mí. Lo que me movía de verdad no era ninguna hoja de cálculo — era una cámara. La capacidad de inmortalizar un instante. Porque todo se puede romper, todo cambia, pero hay un momento en el que la belleza se queda presente para siempre, congelada en una imagen.

Así que cambié. Audiovisuales, viajes, compartir aventuras. Empecé a moverme antes de tener razones para hacerlo: a dedo con una amiga de Galicia a Bilbao, de Galicia a Lisboa con varias paradas en el camino. No esperaba tener todo resuelto para salir — salía y ya. En cuarto de carrera se abrió una oportunidad: un semestre de intercambio en Buenos Aires. No lo pensé.

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🌎 Buenos Aires: dos caminos que se cruzan

Carlos llevaba un tiempo en Buenos Aires cuando llegué yo. El chico que había estado al otro lado del micrófono en los mejores eventos de Valencia ahora trabajaba de runner, de camarero y luego de bartender. Un choque de humildad real, de esos que o te rompen o te construyen.

Yo llegué de intercambio y Buenos Aires se convirtió en mi patio de juegos. Viajé por Tierra del Fuego, Calafate, las Cataratas del Iguazú, Salta y Jujuy. Me movía como siempre había hecho, con curiosidad y sin miedo.

Nos conocimos compartiendo piso. Y durante ese tiempo convivimos, nos cruzamos, compartimos ciudad. Pero hay un viaje que lo cambió todo. Un viaje a dedo a la costa. Mar del Plata, Miramar. Carlos e Irene. Dos personas que venían de lugares completamente distintos, con historias completamente distintas, yendo en la misma dirección por primera vez. Ahí nuestros destinos se unieron para siempre.

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🔥 Ya está bien: de la queja a la acción

Llevar tiempo en esto tiene una parte buena y una parte que cuesta digerir. La parte buena es que aprendes a leer los sitios, a saber cuándo algo va a durar y cuándo tiene los días contados. La parte que cuesta es que ves venir los cierres con suficiente antelación como para que duelan el doble cuando llegan.

Orós Bajo, Fiscal, Hecho. Tres lugares camper en Huesca que conocíamos bien, que recomendamos con convicción, y que han ido cayendo uno tras otro mientras la conversación en la comunidad seguía el mismo patrón de siempre: indignación, comentarios, y a otra cosa.

Eso no está funcionando. Y decirlo en voz alta es incómodo, pero es necesario. Mientras sigamos descargando la responsabilidad en los ayuntamientos, en la Guardia Civil o en los propietarios hartos, estamos esquivando la parte que nos toca a nosotros. Los sitios tolerados se mantienen mientras la gente que los usa los cuida. Cuando dejan de cuidarse, desaparecen.

Qué significa cuidar un lugar de pernocta de verdad

Recoger la basura es lo mínimo y no merece ningún aplauso. Va más allá: leer las reseñas antes de llegar para saber qué está permitido y qué no. Respetar los límites cuando están marcados aunque el terreno privado esté más nivelado o tenga mejores vistas. No quedarse más días de los que el sentido común indica en un punto tolerado. Obviamente no encender fuego en zonas donde está prohibido aunque nadie esté mirando, y no desplegar el toldo ni sacar las sillas ni calzar la autocaravana donde eso está expresamente vedado.

Y cuando ves que alguien lo está haciendo mal, decirlo. No hace falta un enfrentamiento, pero mirar hacia otro lado mientras alguien monta un campamento en terreno privado o deja la zona hecha un desastre es ser cómplice del cierre que viene después. Si la comunidad vanlife quiere que se la respete, tiene que demostrar que es capaz de autorregularse. Ninguna app, ninguna normativa y ningún ayuntamiento va a hacer ese trabajo. Lo hacemos nosotros, o no lo hace nadie.

Por qué publicamos este artículo y qué esperamos que pase

Cuando escribimos el primer artículo sobre lugares camper en Huesca lo hicimos con ilusión genuina. Compartimos sitios que habíamos visitado, que respetamos y que queríamos que otros pudieran disfrutar. Lo que ha pasado después no era lo que esperábamos, y sería deshonesto no reconocerlo.

No vamos a dejar de compartir sitios porque eso no es la solución. Pero sí vamos a ser más explícitos con las normas de cada punto y más directos cuando algo no está bien. Este artículo existe porque creemos que la comunidad camper merece saber qué ha pasado con estos tres sitios y por qué. Merece una explicación honesta y merece también que alguien escriba lo que muchos piensan pero pocos dicen: que mientras sigamos mirando hacia otro lado cuando alguien lo hace mal, seguiremos perdiendo sitios.

Y que si queremos que la vanlife tenga futuro en zonas como el Pirineo aragonés, donde la naturaleza es el recurso y el respeto es la única moneda que funciona, tenemos que comportarnos como la comunidad que decimos ser.

🧭 ¿Conoces otros lugares camper en Huesca que estén desapareciendo?

Si has vivido algo parecido en otros puntos de Huesca o del Pirineo, si conoces sitios que han cerrado recientemente o tienes información actualizada sobre alguno de los tres que hemos mencionado, cuéntanoslo en los comentarios. Esta información vale para toda la comunidad y entre todos podemos mantener un mapa más real de lo que está pasando sobre el terreno.

Y si conoces a alguien que esté empezando en esto, comparte este artículo. No para asustarle, sino para que llegue informado y sepa lo que implica usar estos espacios con respeto. La mejor forma de proteger los lugares que nos quedan es asegurarnos de que los que llegan nuevos entienden las reglas desde el principio. Nosotros seguimos en ruta, con más ganas que nunca y con la misma intención de siempre: contar lo que vemos, lo bueno y lo que no lo es tanto. 🚐

 

✈️ España: la ilusión, el rechazo y los auriculares

 

Llegar a España tenía lógica. Yo era gallega, tenía familia, tenía raíces. Carlos tenía las ganas de un futuro mejor y me tenía a mí. Lo que no teníamos era lo que esperábamos encontrar.

Carlos buscó trabajo en radios. Le dijeron que no. Yo busqué trabajo en medios también — había estudiado para eso, lo llevaba en la sangre. También me dijeron que no, o me ofrecieron salarios que no daban ni para el autobús. Así que hicimos lo que hace mucha gente cuando la realidad no coincide con el plan: buscar algo que pague las facturas mientras se encuentra otra cosa. Entramos en un call center, luego en otro y en otro. Al final nos quedamos con uno: atención al cliente para un banco.

Lo temporal se fue alargando, como siempre pasa. La vida siguió. Las mudanzas llegaron, primero por la separación de mis padres, llegaron los padres de Carlos de Venezuela, sumamos responsabilidad y nos fuimos a Alicante, y luego de vuelta a Galicia cuando Alicante resultó ser demasiado, en todos los sentidos. En un año nos mudamos 5 veces, cambiando de ciudad, de pueblo, de lugar… Preguntándonos cuál era realmente nuestro lugar. Después de las mudanzas, los ahorros se fundieron y teníamos un piso nuevo que amueblar, con los auriculares siempre puestos, claro.

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💡 El momento en que todo cambió

 

Fue en diciembre. No recuerdo el día exacto. La pandemia había pasado pero el teletrabajo se quedó. De repente nos dimos cuenta de que el trabajo que nos ataba a una ciudad no nos ataba realmente a ningún sitio. Eso cambió algo en la cabeza: si puedes trabajar desde casa, y la casa puede ser cualquier sitio, entonces ¿por qué no?

Empezamos a ver vídeos. Mucha gente viviendo en furgoneta, viajando, trabajando en ruta. Y un día apareció Francisco Borrero, un genio que había camperizado, con su esposa Lulú, su furgoneta en pleno Nueva York. https://www.youtube.com/@franborrero

«Si este loco puede, yo también.»

Esa frase lo resume todo. Pusimos fecha. En febrero tendríamos la furgoneta. En julio estaríamos viviendo en ella. Sin margen para dudar, sin margen para echarse atrás. Quien nos escuchaba pensaba que estábamos siendo demasiado exigentes. Y lo que es el universo y el poder de la palabra: en enero, el banco nos aprobó un préstamo preaprobado. El 8 de febrero compramos la Pomboneta.

Arrancó la camperización. Seguimos trabajando. Le metimos horas. Y en medio de todo eso llegó la noticia que esperábamos: a los padres de Carlos les aprobaron la visa para irse a Estados Unidos, donde vivían sus hermanas. El último hilo que quedaba se soltó. En julio abandonamos el piso. Sin red debajo.

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🧠 Lo que nadie te dice sobre dejar la vida que tienes

 

No fue fácil. No fue una decisión tomada desde la comodidad ni desde la seguridad. Fue una decisión tomada desde el cansancio de esperar el momento perfecto que nunca llega, desde la certeza de que si no lo hacíamos entonces, encontraríamos siempre una razón para no hacerlo.

La familia lo entendió, al fin y al cabo, ya nos conocía. Yo siempre había sido la primera en buscar la escapada, en organizar el viaje, en irme a dedo sin pensarlo dos veces. Carlos había cruzado medio continente con una mochila. Esta historia no empezaba con la furgoneta — la furgoneta era solo el siguiente capítulo.

En ruta seguimos trabajando de teleoperadores durante mucho tiempo. La furgo no fue un escape del trabajo, fue una forma de no dejar que el trabajo fuera lo único. Hasta que llegó el momento de soltar también eso, porque la presión era demasiada y hay otras formas de ganarse la vida que encajan mejor con lo que queremos construir. La vida nómada desde cero no es un salto al vacío — es una decisión que se construye paso a paso.

Hoy Una Vida Camper es nuestra forma de comunicar. Y comunicar, para los dos, siempre ha sido una catarsis. La furgo es vida. Es movimiento. Es cumplir ese sueño de ver cada día un paisaje nuevo.

Y a veces, cuando alguien nos pregunta cómo lo hicimos, la respuesta más honesta es la más sencilla: decidimos que ya era suficiente esperar, y nos pusimos fecha.

Si estás en ese punto en el que sientes que algo no encaja, en Destino Camper tenemos un artículo sobre vivir en ruta: la experiencia real, sin idealizar ni postureo, que cuenta exactamente lo que nadie te avisa antes de dejar el trabajo para vivir en furgoneta. Y si quieres saber si la vida nómada es para ti antes de lanzarte, te dejamos también este artículo con las 7 preguntas que deberías hacerte antes de dar el paso — es el mejor punto de partida para ser honesto/a contigo mismo/a.

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❓ Del call center a la furgoneta: cómo dejamos el trabajo para vivir en furgoneta y empezar a vivir de verdad

¿Hay que tener mucho dinero ahorrado para dejar el trabajo y vivir en furgoneta?

Nosotras empezamos con muy poco. El préstamo preaprobado del banco fue lo que hizo posible comprar la furgoneta. No es imprescindible tener una gran cantidad ahorrada, pero sí es importante tener los ingresos resueltos — sin trabajo remoto en furgoneta o alguna fuente de ingresos estable, la vida en ruta se complica mucho. El dinero no es el primer requisito; la estabilidad de ingresos sí lo es.

¿Cómo reacciona la familia cuando les dices que vas a vivir en una furgoneta?

Depende mucho de cada familia y de la historia previa. En nuestro caso, ya nos conocían — ninguna de las dos éramos exactamente el perfil de persona que se queda quieta. La sorpresa fue menor de lo que esperábamos. Lo que sí ayuda es comunicarlo con un plan concreto, no como una fantasía. Cuando dices «vamos a dejar el trabajo para vivir en furgoneta en julio y ya tenemos la furgoneta», la conversación cambia completamente.

¿Se puede trabajar desde una furgoneta de verdad?

Sí, y nosotras somos la prueba. Durante dos años compaginamos el teletrabajo con la vida nómada desde cero. No es siempre fácil — hay días con mala conexión, espacios incómodos y mil distracciones — pero es completamente viable si tienes disciplina y el setup adecuado. La vida en furgoneta con trabajo remoto requiere organización, pero millones de personas lo hacen cada día.

¿Qué pasa si no funciona y quieres volver?

Volver siempre es una opción. La furgoneta se vende, el piso se alquila de nuevo, el trabajo se busca. Lo que no se recupera es el tiempo que pasas esperando a que llegue el momento perfecto. El miedo al fracaso es legítimo, pero no debería ser el único criterio a la hora de decidir si dejar la rutina para viajar en furgoneta tiene sentido para ti.

¿Cuánto tiempo tardasteis en adaptaros a la vida en ruta?

Los primeros meses son una mezcla de euforia y caos. La logística, las rutinas, el espacio reducido — todo requiere adaptación. A partir del tercer o cuarto mes empieza a sentirse natural. A partir del primero o segundo año, ya no te imaginas de otra forma. La vida nómada tiene una curva de aprendizaje real, pero una vez la superas, es difícil volver atrás.

¿Qué le dirías a alguien que está pensando en dar el paso pero tiene miedo?

Que el miedo no desaparece esperando. Que ponerse una fecha concreta cambia todo — deja de ser un sueño y se convierte en un plan. Y que la única forma de saber si vivir en furgoneta es para ti es intentándolo. Nosotras también tuvimos miedo. La diferencia es que decidimos que ya era suficiente esperar.

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