La conversación que no sale en los vídeos de vanlife
Hay una conversación que no sale en los vídeos de vanlife. No sale porque no queda bien en reel, no tiene música épica de fondo y no genera muchos likes. Una conversación sobre la culpa en la vida nómada.
Es la conversación que tienes contigo misma cuando tu familia está junta y tú estás a 2.000 kilómetros aparcada en un sitio bonito que en ese momento no te importa nada.
Yo la he tenido varias veces. Y sospecho que cualquier persona que vive en vida nómada a tiempo completo también, aunque no lo diga.
El momento que lo puso todo en perspectiva
Hace unos meses, mi abuelo estuvo ingresado en el hospital más de un mes. El pronóstico era malo. Mientras mi familia se turnaba para acompañarlo, yo estaba en Mallorca, con pocas posibilidades reales de moverme a ningún sitio.
Me frustró mucho. Me sentí mal. Me sentí culpable.
No hay otra forma de decirlo. Estaba en un sitio precioso, viviendo la vida que elegí, y lo único que quería era estar sentada en un pasillo de hospital con los míos.
Mi abuelo lo superó, es un toro, y está bien. Pero en el momento, esa distancia pesó de una forma que no esperaba. O quizás sí la esperaba, pero no había querido mirarla de frente.

La culpa que nadie te avisa que viene
Cuando decides vivir en ruta, mentalmente preparas muchas cosas. El espacio pequeño, la ducha corta, la lavandería, el dinero, la incertidumbre. Te preparas para las incomodidades físicas, para los días de lluvia, para las averías.
Lo que no te preparas tan bien es para la culpa de perderte cosas. O, al menos, yo no lo hice.
No solo los momentos grandes — los ingresos hospitalarios, los momentos de crisis familiar. También los pequeños. El cumpleaños de tu abuela. Una reunión familiar un domingo cualquiera. El evento del que te enteras por WhatsApp cuando ya ha pasado. La boda de una prima a la que no pudiste ir.
Son momentos que en un piso tampoco habrías vivido de otra manera, quizás. Pero en la furgo, la distancia se siente más. Porque es una elección activa, no una circunstancia.
Dos formas de vivir la misma distancia
Carlos y yo vivimos esto de forma distinta, y con el tiempo hemos aprendido a entender por qué.
Yo llevo la distancia como algo relativamente nuevo. Galicia está ahí, mi familia está ahí, y cada kilómetro que nos separa es una decisión que tomé conscientemente. Eso a veces lo hace más difícil de gestionar.
Carlos lo lleva diferente. Él ya pasó por ese proceso mucho antes que yo, y no fue una elección sino una obligación.
En Venezuela, la familia de Carlos celebraba las navidades como solo se celebran allá: una parranda de gente, todos juntos, los mil primos, una fiesta tremenda. Luego llegó lo más duro: la crisis, la dictadura, y con eso la dispersión. Primero se fueron los tíos, luego los primos, luego su hermana con sus sobrinos. Finalmente salió él.
Cuando esa separación no la eliges sino que te la impone la vida, el duelo lo haces de otra manera. Y cuando luego decides vivir en ruta, ya sabes lo que es estar lejos de los tuyos. No es nuevo. Es una continuación de algo que ya aprendiste a sobrellevar. Y aunque ahora sus padres están también en Galicia, lo vive diferente.
Eso no significa que a Carlos no le afecte. Significa que ya tiene herramientas que yo todavía estoy construyendo.

Lo que hacemos cuando aparece la culpa
Hablamos. Eso primero.
No la ignoramos ni la tapamos con un paisaje bonito. Cuando aparece esa sensación — y créeme, aparece — la nombramos. Y al nombrarla, ya pierde algo de peso. La importancia de hablar las cosas.
Después viene una reflexión que, con el tiempo, se ha vuelto más natural: en todas las elecciones vitales renuncias a algo. No hay elección sin renuncia. La persona que se queda en su ciudad y cerca de su familia renuncia a otras cosas. La que se va de aventura renuncia a estas.
No es una forma de quitarle importancia a lo que se pierde. Es una forma de no olvidar que lo que se gana también existe.
Cuando me siento mal por no estar en un momento familiar, intento recordar por qué estoy donde estoy. No para convencerme de que está bien — a veces no está bien, a veces duele y punto — sino para no perder de vista el contexto completo.

Acompañar a distancia: lo que sí se puede hacer
Cuando algo ocurre y no puedes estar físicamente, hay una tentación de rendirse a la impotencia. «No puedo hacer nada, estoy lejos.» Pero casi siempre hay algo que se puede hacer.
Una llamada larga. Estar al otro lado del teléfono mientras alguien espera en un pasillo. Mandar algo, organizar algo, encargarte de una gestión que desde aquí se puede resolver. Preguntar cada día cómo está. Decir que estás aunque no estés.
Cuando el abuelo estuvo ingresado, acompañé como pude. No era lo mismo que estar sentada a su lado, y los dos lo sabemos. Pero era lo que podía dar desde donde estaba, y lo di.
No estar físicamente no significa no estar. Es una frase que me ha costado aprender, y que todavía no siempre me creo del todo. Pero en la que trabajo. Y sí, sigue doliendo, pero aprendo cada día a vivir con ello.
Lo que esta vida te enseña sobre el tiempo
Hay algo que la vida en ruta te hace ver con mucha claridad: el tiempo no espera.
Cuando vives en un sitio fijo, hay una ilusión de permanencia. Los cumpleaños vuelven, las reuniones familiares se repiten, siempre habrá otra oportunidad. En la furgo, cuando te pierdes algo, lo sabes. No hay autoengaño posible.
Eso duele más en el momento. Pero también te hace valorar de otra manera los momentos en que sí estás. Cuando volvemos a Galicia y me siento con mi familia, no doy esa tarde por sentada. Sé que tiene un final, que en algún momento volvemos a la furgo y seguimos. Y eso, aunque suene raro, hace que ese tiempo juntos sea diferente.
La distancia, con todo lo que duele, también enseña a estar presente cuando se puede.

La culpa no desaparece. Pero se aprende a vivir con ella
No voy a terminar este artículo diciendo que lo he resuelto. No lo he resuelto.
Hay momentos en los que la culpa aparece y no tengo ninguna respuesta buena que darle. Solo la reconozco, la dejo estar un rato y sigo.
Lo que sí ha cambiado es que ya no me sorprende. Ya sé que viene. Ya sé que no significa que me haya equivocado eligiendo esta vida — significa que quiero a mi familia y que la distancia importa.
Esas dos cosas pueden coexistir. Vivir en ruta y querer a los tuyos. Estar lejos y no haber abandonado nada.
Si tú también llevas esta mochila, solo quiero decirte que es normal sentirlo. Que no eres menos nómada por echar de menos. Que la culpa vida nómada no es una señal de que te equivocaste — es una señal de que te importa.
Y que hay que aprender a vivir con ella, no a eliminarla.
Si quieres profundizar en las renuncias reales de la vida nómada antes de dar el paso, tenemos un artículo con las 7 preguntas que deberías hacerte antes de lanzarte a esta vida — una de ellas habla exactamente de esto.

Preguntas frecuentes sobre la culpa en la vida nómada
¿Es normal sentirse culpable por vivir viajando?
Completamente normal. Cualquier persona que vive lejos de su familia — ya sea en otra ciudad o en otra furgoneta — convive con alguna versión de esta culpa vida nómada. No significa que hayas tomado la decisión equivocada. Significa que te importan las personas que dejaste cerca.
¿Cómo se gestiona no poder estar en los momentos importantes?
No hay una fórmula. Lo que a nosotros nos funciona es nombrarlo — no ignorarlo — y acompañar desde donde estamos con lo que podemos dar. Una llamada larga, estar disponible, encargarse de lo que se pueda gestionar a distancia. No es igual que estar, pero no es nada.
¿Afecta esto a las relaciones familiares?
Depende mucho de cada familia y de cómo se gestione. En nuestra experiencia, la distancia puede fortalecer los vínculos si hay comunicación real, o debilitarlos si se deja que la ausencia se convierta en desconexión. La clave es no desaparecer aunque no estés físicamente.
¿Hay momentos en los que te arrepientes de haber elegido esta vida?
Arrepentirse del todo, no. Pero sí hay momentos en los que desearías poder estar en dos sitios a la vez. Eso no es arrepentimiento — es el precio de cualquier elección en la vida nómada, y esta no es una excepción.
¿Cómo afecta esto a la pareja cuando cada uno lo vive de forma diferente?
Hablar de ello ayuda mucho. No para convencerse mutuamente, sino para entender desde dónde viene cada uno. En nuestro caso, las historias de vida de los dos son muy distintas respecto a la distancia familiar, y entender eso nos ha dado mucha más compasión el uno con el otro.
¿Se acaba acostumbrando uno a vivir en ruta lejos de la familia?
Se aprende a vivir con ello de forma más ligera, sí. Pero «acostumbrarse» suena a que deja de importar, y eso no ocurre. Lo que cambia es que ya no te pilla por sorpresa y sabes mejor cómo gestionarlo. La culpa de vivir en ruta no desaparece — se aprende a llevarla.
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